Todo vuelve. Que se lo digan a nuestras madres y a su boyante colección de chaquetas, blusas y camisas con hombreras, las botas de cowboy de la época en la que mi madre inventaba el estilo festivalero de Woodstock que ahora reinventa Coachella (bueno y que nos podemos encontrar en cualquier calle y no nos llama nada la atención), el tie-dye de mis 12 años…
Al igual que en la propia historia de la humanidad se crean y recrean ciclos de forma natural, en la moda (incluyendo los accesorios y por lo tanto las joyas), pasa lo mismo: las modas van y vuelven. Normalmente se “reinventan”, o sea que se rescatan y se les introduce algún giro de tuerca con forma de puntada, tachuela o color básico para que se vea que es vintage pero que en definitiva es una adquisición nueva. El problema está cuando a la moda que elijamos no se le puede añadir o modificar ningún elemento porque ella en sí misma lo engloba todo: este es el caso del art nouvea.
Ciñéndome a lo que me concierne, que es la joyería, puedo contaros que esta corriente artística y cultural se vivió a finales del siglo XIX, en torno a 1890 y acabó con el inicio de la I Guerra Mundial en 1914. Tras el vetusto abolengo de la época victoriana, y no digo rancio porque lo que imperaba era una opulencia realista para la época y sociedad más poderosa y además elegante, aunque recargada; el mundo de la moda estaba necesitado de frescura, innovación y temeridad, para renacer y dar fruto a un tiempo molón, muy cool de hecho, donde aparecerían los bohemios de la belle époque y catapultado por el fin de una era, un fin de siglo. Así nació el art nouveau.
Las joyas, hasta entonces muy ostentosas, grandes, con las piedras preciosas más caras y los metales más nobles, se transformaban en pequeñas esculturas que colocarse a modo de pendientes, peinetas o broches hiperrealistas, tanto que a veces no parecían ni joyas, si no complementos imprescindibles para darle el toque final oriental, salvaje, animal, chinesco o cualquier otro que cupiera en aquella nueva moda. Rompía estéticamente de forma brutal con todo lo que se había creado hasta entonces, y como suele pasar cuando hay un gran cambio social: se cambió de todo y valía casi todo.
Inspirada por la vitalidad de la naturaleza, la apreciación por el arte japonés y esa ruptura con el pasado, ese arte joven, libre, moderno, daba lugar a joyas únicas con formas tan innovadoras como plantas, flores, todo tipo de animales e incluso insectos: mariposas, libélulas; seres mitológicos como dragones, formas curvas, vidrios transparentes (donde no puedo dejar de mencionar a su artista más famoso y precursor René Lalique)y todo montado al aire o sobre metales que distaban mucho del oro o la plata (el hierro, por ejemplo) y piedras mucho menos valiosas pero más vistosas, como el ópalo, la amatista, la calcedonia o la turmalina.
Imaginad por un momento la estampa de los años de la Emperatriz Sissi de Austria, con esos vestidos y collares importantísimos, enormes, esas estrellas de cientos de diamantes en el pelo… Interrumpidos por unos vestidos sencillos, rectos o vaporosos, olores de Oriente y joyas que más que engalanar, le daban el toque fresco y temático que requería un conjunto sujetado por un broche de motivos selváticos acabado con plumas de pavo real (así por poner un ejemplo). Una locura en todos los sentidos. Una locura maravillosa.


Pues ahora más o menos ha pasado un poco lo mismo. La moda y la sociedad van siempre cogidas de la mano. Hemos pasado por una época de gran bonanza y por otra de una crisis muy profunda en las que las tendencias estaban bastante bien definidas, pero una vez que volvemos a ver la luz del túnel, como podría pasarnos en nuestra propia vida personal tras superar una ruptura o un despido, empezamos a sonreír, a despertar y nos volvemos un poco “locatis”. Y empieza a valer todo: el look hippie, boho-chic, el pijama para salir a la calle, los vaqueros destroyed más underground, el punk mezclado con el toque pin up… Y esto ahora es lo más, como total look o incluso combinando varios estilos en uno.

De ahí que ahora las joyas que más clientas nos piden y las que más enamoran sean las del art nouveau (y mi adorado art-déco, del que os hablaré más adelante). Puedes ir con pantalones grunge (cañera), una blusa de seda estilo pijama (sensual y dulce), unos stilettos nude pero bien altos (discreta pero elegante) y bordarlo con: lo que sea pero que transmita algo.

Un broche con forma de pluma de brillantes, unos pendientes en forma de ala que suban desde el lóbulo hacia arriba y se agarre a un ear cuff, un collar de oro, coral, turquesas, topacios, peridotos, todo recreando una selva con pájaros o insectos incluidos.
De ahí que no es que yo apueste por ello, si no que no tengo más remedio que presentarlo como máxima tendencia porque no solo es lo que más nos viene a la mente a la hora de diseñar ahora (a mí desde luego, y a mi familia de diseñadores también) si no que los propios clientes te lo piden, nos lo demandan cada vez más.

Y la verdad, qué bien queda, qué joyas tan bonitas y originales podemos crear… Quitan el aliento por su tamaño, sus formas esculpidas y tallas a la perfección, sus colores… Qué obras de arte. Así que os dejo que voy a seguir diseñando para aprovechar el tirón de esta tendencia pro belleza y naturalidad a tope.

Que vuelva siempre (por mí que no se vaya nunca) el art nouveau.
Erika


el ciclo de la vida!!
la serpiente que se muerde la cola…
todo vuelve… salvo la vida misma
solo hay una y es pasajera del tiempo y compañia
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